Helarte (I)

Harto bajó la persiana de la habitación. Dejó una rendija por donde entraba el sol. Se sentó enfrente, en una silla, y durante horas vio cómo la luz iba cambiando de dirección. Después, de noche, subió la persiana y volvió a sentarse en la silla. Harta entró en la habitación. Dejó el bolso en el suelo, se quitó los zapatos y se tumbó en la cama, de costado, frente a

Revolver

Revolver en el pasado o remover en él puede hacer que las heridas se abran o se crean otras nuevas. Como la de mi dedo al intentar encajar el marco que contenía una fotografía de mí hecha por mi amigo Martín. Con la intención de colgarlo en el único gancho de mi habitación. Y con el dedo envuelto en esos puntos de sutura que creemos que nunca usaremos, sustituirlo por

Esperar

Esperar. Hay veces que la espera se vuelve inútil. Porque la mirada se atrapa en el interior del sensor. Como un teatro encerrado y sus actores con velas. Sin luz hacia fuera. Con los párpados bajados como persianas sin rendijas ni correa. Todo se queda dentro y no queda nadie fuera. Ya no hay jugadores que esperen el rebote. Ni público. Ni árbitro. Esperas como una gaviota que sabe las

Camacho y Raquel

A veces ocurren cosas curiosas en los viajes. Cuando te quedas un tiempo en un lugar, en una casa, de unos amigos. Esa curiosidad, importante, consiste en que la maleta no estorba; se convierte en tu armario, pero no importa. La maleta se vuelve gigante. Y forma parte de esa casa prestada. Lavas los calcetines mientras te duchas y escuchas movimiento en la casa. Ya no hablas tú solo contigo

La casa y el ruido

Entra una mujer. Parece gritar porque habla muy fuerte. Entra un hombre. No habla. Pero grita por los ojos. Su cara está tensa; sus músculos. La mujer adecua su volumen a la casa. En la casa hay más mujeres y más hombres. La casa tiene un volumen alto. Pero no grita. El hombre que grita por lo ojos ha nivelado el volumen de la casa y el de la mujer

Los inmortales

No importa la ciudad, el lugar o el parís. Los inmortales viven y mueren igual que todo el mundo; aunque no lo sepan. Entre todas las culturas, razas, sexos y religiones, existen este tipo de personas. Los grandes inmortales son los adolescentes y los jóvenes. Su tiempo es infinito. Sus horas son meses, y su sangre circula a toda velocidad; sus órganos no tienen fronteras, aún; sus hígados y riñones

La muerte distinta (fotoebook)

  Os dejo aquí mi último libro. Para los interesados, es la historia de dos mujeres enfermas. Texto y fotografías. Formato electrónico. Fotoebook, la peor manera de presentar un libro fotográfico (por eso, creo, soy el primero en hacerlo). Hay que arriesgarse. Curiosamente, «La muerte distinta» iba a ser el libro que escribí el año pasado: El viaje (prohibido lanzarse al mar) -los protagonistas de este viaje se colaron en el contenido,

una niña en la ventana

Caminando por la mañana, por el invierno, con la cámara en la mano, buscaba la luz –una amiga fotógrafa me dio un único consejo un día: “busca la luz… o “sigue la luz”… que queda más bonito, más inventado. Escuché una exhalación por el rabillo del ojo, también. Era una niña, adolescente, que en mangas de camisa, desde su ventana, había comprobado cuánto frío hacía. Si era tanto como le

Rosalía de Castro

  Aquí, en Galicia, al lado del mar, el frío entra desde abajo. Desde el suelo. Y se queda en tus zapatos y en tus calcetines; entre los dedos de los pies, para no tener frío. La lluvia se mezcla con el mar y llueve de lado. Incluso desde el frío de abajo. Arriba te engañan. Las nubes van muy deprisa y el sol es un despiste. Creo que por