Caminar

Hace cuatro años estaba donde estoy ahora; físicamente. La cabeza se quedó allí. Me levantaba todos los días sobre las cinco y media de la mañana y no paraba de hacer cosas. Y no tenía el tiempo necesario para hacer todo lo que quería hacer; necesitaba más horas. Pero, sí tenía las ganas de hacerlas, y eso me bastaba; ya las haría al día siguiente, o al siguiente. Echo de

Prieto Picado

Después del concierto le dije a María: “Hacía mucho tiempo que no veía a un grupo de rock tan bueno”. Ella me miró extrañada: “Nosotras no hacemos rock”. Y yo, como soy muy cabezón, insistí: “Claro que hacéis rock”. Creo que me entendió. Y yo creo que también me entendí. Por supuesto que no hacen rock. Ni falta que hace. Pero tienen el espíritu de grupo, de banda… de rock.

Instrucciones para estar hecho polvo todo el día (con permiso de Julio Cortázar)

(texto recuperado de mi anterior blog «a que sí»)   Asegúrese, antes de despertar, mantenerse en el peor de sus sueños si es que estaba soñando. Por supuesto que no es tan fácil como parece. Hay veces que uno no sueña nada, o eso cree uno, porque está demostrado que siempre se sueña algo, aunque uno no se acuerde. Otras veces sí que soñamos y, aunque nos olvidemos, sabemos que

Cambia la distancia

Hoy, la distancia es mayor. Cuando alguien me da la mano, tengo la sensación de que me están abrazando. Si me dan dos besos de protocolo, creo que estoy haciendo el amor. Voy todos los días al estanco y dos veces al día al supermercado. Podría ir una vez a la semana al estanco y una vez cada quince días al supermercado. No lo hago. Me perdería tres saludos al

Helarte (II)

Harto salió a la calle con una bolsa de plástico. Recogió durante una hora todas las colillas del suelo que aún tenían algo de tabaco. Robó un librillo de papel de liar en un quiosco. Y se sentó en el banco de un parque durante una hora. Caminó por las calles de la ciudad con la mirada constante entre el bordillo de las aceras y los coches aparcados. Encontró algunas

Helarte (I)

Harto bajó la persiana de la habitación. Dejó una rendija por donde entraba el sol. Se sentó enfrente, en una silla, y durante horas vio cómo la luz iba cambiando de dirección. Después, de noche, subió la persiana y volvió a sentarse en la silla. Harta entró en la habitación. Dejó el bolso en el suelo, se quitó los zapatos y se tumbó en la cama, de costado, frente a

Revolver

Revolver en el pasado o remover en él puede hacer que las heridas se abran o se crean otras nuevas. Como la de mi dedo al intentar encajar el marco que contenía una fotografía de mí hecha por mi amigo Martín. Con la intención de colgarlo en el único gancho de mi habitación. Y con el dedo envuelto en esos puntos de sutura que creemos que nunca usaremos, sustituirlo por

Esperar

Esperar. Hay veces que la espera se vuelve inútil. Porque la mirada se atrapa en el interior del sensor. Como un teatro encerrado y sus actores con velas. Sin luz hacia fuera. Con los párpados bajados como persianas sin rendijas ni correa. Todo se queda dentro y no queda nadie fuera. Ya no hay jugadores que esperen el rebote. Ni público. Ni árbitro. Esperas como una gaviota que sabe las

Camacho y Raquel

A veces ocurren cosas curiosas en los viajes. Cuando te quedas un tiempo en un lugar, en una casa, de unos amigos. Esa curiosidad, importante, consiste en que la maleta no estorba; se convierte en tu armario, pero no importa. La maleta se vuelve gigante. Y forma parte de esa casa prestada. Lavas los calcetines mientras te duchas y escuchas movimiento en la casa. Ya no hablas tú solo contigo

La casa y el ruido

Entra una mujer. Parece gritar porque habla muy fuerte. Entra un hombre. No habla. Pero grita por los ojos. Su cara está tensa; sus músculos. La mujer adecua su volumen a la casa. En la casa hay más mujeres y más hombres. La casa tiene un volumen alto. Pero no grita. El hombre que grita por lo ojos ha nivelado el volumen de la casa y el de la mujer